martes, 22 de septiembre de 2020

Las expectativas de Santiago y Mica


Por Luis Klejzer

En marzo, las expectativas de Santiago eran “comenzar la secundaria con todo nuevo” mientras que Mica estaba entusiasmada en “cerrar una etapa que fue súper linda”.

 

Santiago, de primer año, empezó en pandemia. Recién salía de la primaria y se imaginaba “yendo a la escuela con [sus] compañeros” y cursar en presencialidad. Un concepto que aprendió como consecuencia del aislamiento social que le impidió conocer eso que definió como “todo nuevo, escuela, compañeros, profesores”.

 

Mica, de quinto, también hubiese preferido la presencialidad “como lo años anteriores”. Para ella, a diferencia de Santiago, la presencialidad en la escuela es una linda experiencia que llevaba cuatro años. De repente le dijeron que el último año, el año que egresaba, se haría en forma virtual. No sabía muy bien qué significaba. Creíamos que eran 40 días y aquí estamos, escribiendo y chateando por internet.

 

Lxs profes les acabamos de mandar un video que hicimos por el día del estudiante. Otro de tantos con los que intentamos mandarles ánimo para que sigan adelante, un aliento para que no bajen los brazos y un abrazo solidario para que no se sientan solxs en la virtualidad. Es un abrazo para ellxs y un mimo para nosotrxs que también lo necesitamos.

 

Santiago dice que ya se acostumbró a trabajar así “pero prefería la clase dictada por los profesores para poder preguntar lo que uno no entiende”. Es cierto que el hombre y la mujer nos acostumbramos a todo, pero es importante que un alumno exprese que hubiese preferido que el profesor le dicte una clase, porque nos ubica en el lugar correcto. Sin saberlo (o si) nos ayuda en nuestra batalla contra los neoliberales de la educación que   pretenden reemplazar a lxs docentes con plataformas prefabricadas por ONG´s financiadas por los EEUU o la Unión Europea. Al mismo tiempo nos dice “que ahora puede hacerlo pero que es más complicado por la tecnología”. Muchxs creen que lxs adolescentes son “nativos digitales” y manejan la tecnología “mejor que los adultos” y por eso “se les hace más fácil estudiar así”. Pero olvidan que la educación es mucho más que el depósito de información en una tabla rasa. La educación es una relación social. Muchas veces mediada, pero donde intervienen dos o más personas, dialécticamente, donde todxs aprenden. Santiago, aún sin haber empezado el secundario en la presencialidad, aprendió más que lxs sabelotodos de la educación, que piensan que todo se resuelve poniendo pupitres en canchas de básquet.

Mica, en el mismo sentido y con la experiencia de haber estudiado cuatro años en la presencialidad, también dice que “es complicado estudiar en la virtualidad”. Ella pone el énfasis en la concentración y la rutina. Mica también entendió todo, la escuela es concentración y rutina. Así, a simple lectura, esas palabras son frías y negativas. Pero cuando salen de la boca de una adolescente que fue mutilada de su último año de cursada tienen una fuerza sublime. Además, le cierra la boca nuevamente a todos los neoliberales de la educación que siempre encuentran el problema en los adolescentes. Para ellos los chicos no leen, no saben escribir y engrosarán las estadísticas de lo NI NI. Sin embargo, Mica les cierra la boca con conceptos que ella prefiere rescatar en su educación pero que los funcionarios trajeados no cumplen en sus labores.

 

No es cierto que haya desconexión. Lxs profes estamos cumpliendo una tarea muy importante. Hablamos por teléfono con nuestrxs alumnxs, al menos, una vez cada 15 días y les mandamos trabajos prácticos cada 15 o 21 días. En mi caso, además, les grabo miniclases de 20 minutos. No es cierto que la desconexión sea responsabilidad de docentes y estudiantes. La desconexión es resultado de un sistema económico que profundiza la desigualdad porque mercantiliza hasta el aire que respiramos. La pandemia no hizo otra cosa que sacarlo a la superficie.

 

A pesar de todo, Santiago no pierde las expectativas que tenía a principio de año. Pero entiende mejor que los funcionarios adultos que “hasta que no exista una vacuna o alguna cura no volveremos a la escuela”. Santiago es de los que entregó el 99% de los trabajos prácticos. Hablé con él todas las semanas y, si no era con él, con la mamá que se involucró mucho. Y esto también hay que decirlo. Se dice que lxs padres están cansados y necesitan de la escuela para poder hacer “sus cosas”. Rara expresión en el siglo XXI donde las políticas educativas siguen siendo pensadas en función de las relaciones laborales de los adultos y no de lxs sujetxs para quien “trabajamos” en la escuela. Santiago entiende que “aunque volvamos a la escuela no va a ser lo mismo que antes”. Tiene razón, aunque, tal vez, por no haber cursado nunca el secundario en la presencialidad, no sabe que “la escuela no va a ser lo mismo que antes” significa que no había agua, jabón, calefacción, bancos, pizarrones y muchas de las condiciones que llamaríamos decentes para estudiar. Ojalá que cuando volvamos las escuelas estén en condiciones dignas para que lxs chicxs estudien y lxs profes enseñemos. Pero escuchando a los funcionarios públicos, me parece que la vuelta va a ser menos agradable de lo que pensamos.

 

Mica ya tiene la expectativa puesta en “arrancar la facultad”. “Poder ir y que no se me dificulte adaptarme a ese ritmo de la facultad”. Imaginemos cómo funciona la cabeza de Mica: su último año de secundaria se le frustró y espera que no se le frustre el inicio de la facultad. Ella cree que eso puede volver a pasarle. Espera que no. Pero ¿quién le puede asegurar que no?

Quiero detenerme, nuevamente, en el eje del pensamiento de Mica en relación con el sentido común del mediopelo argentino. Mica ya está pensando en la facultad, a la que “no llegan los pobres” según la exgobernadora María Eugenia Vidal. Pensar en la facultad es pensar, por lo menos, en los próximos 10 años. Es pensar en su futuro, ese que los funcionarios hacen tanto por ensombrecer. Mica planifica a pesar de la pandemia y a pesar de la incertidumbre a la que la condenan los ideólogos de derecha. Esos que endeudaron al país y que le dejaron tierra arrasada a Mica. Sin embargo, Mica y muchxs de sus compañerxs de escuela piensan que el país se construye con más y mejor participación política y democrática. Mica participó del centro de estudiantes durante la mayor parte de su cursada. Militó la ESI, los DDHH, los derechos de “les estudiantes”, como dicen ellxs. Sin dudas va a dejar su huella en la escuela. La vamos a extrañar. Porque ya hizo por la educación mucho más que algunos funcionarios de altos ingresos.

 

Quise expresarme a través de dos de mis alumnxs. Pero pudieron ser todxs. Hoy es su día. Sus palabras son más importantes que las mías. Me gustan lxs estudiantes porque son la levadura del pan que saldrá del horno, como escribió Violeta Parra. Me interesaba contarles que la educación no anda bien por culpa de los funcionarios ciegos y millonarios y no de lxs pibxs. Acá abajo en la escuela pública, donde “caímos”, se vive, se estudia, se trabaja, se come y se lucha por una vida digna. Enseñamos como podemos y aprenden como pueden. Lxs profxs que estamos en la trinchera de la escuela pública creemos en la educación como herramienta de transformación de la sociedad. Como decía Paulo Freire “no cambiamos el mundo, cambiamos a las personas que van a cambiar el mundo”. Si se suman a construir un mundo mejor, entonces nos encontraremos en la calle.

En la presencialidad o en la virtualidad nosotrxs tenemos el compromiso de enseñarles a nuestrxs alumnxs que la vida debe ser vivida, gozada y luchada para que nadie se quede afuera. A Santiago lo invitamos a sumarse a esa vida solidaria que significa estudiar en una escuela pública, esa escuela democrática y participativa que le deja Mica. Porque, como aconsejaba Rodolfo Walsh, no debemos permitir que las clases dominantes procuren que los trabajadores no tengamos historia, ni doctrina ni héroes ni mártires. Santiago y Mica son nuestrxs héroes en esta batalla contra la ignorancia de los funcionarios. Lxs profes somos esa cadena de transmisión entre las luchas anteriores y las de ahora para que no tengan que empezar nuevamente y podamos acumular esa experiencia colectiva histórica que nos permitirá, más temprano que tarde, vivir en un país lleno de primaveras.