viernes, 21 de septiembre de 2018

Las ollas de la historia


Corría diciembre de 1999. Junto a otrxs compañerxs recorríamos los pocos comercios de alimentos que habían quedado abiertos por esos años para pedir algo de arroz, fideos y salsa de tomate. Otro grupo pasaba por alguna carnicería y pedía unos menudos. Al final, la olla se llenaba con lo que se lograba juntar. Así, fuimos armando las primeras ollas populares en plena Ciudad de Buenos Aires en los peores años de la crisis neoliberal. Escuchando las canciones del gran Daniel Viglietti aprendimos que en las malas “cada niño un poco, todos tomarán, de la misma leche y del mismo pan”.[1]

Allá lejos y hace tiempo
Pero no fueron las primeras ni las últimas. Quiero alertar que la historia de las ollas populares acompaña la historia argentina y sus crisis económicas. Usted puede aprender de economía en las facultades, pero también puede aprender historia social a partir de las ollas populares. Allí conocerá la experiencia de nuestro pueblo trabajador. La que subyace debajo de la superficie.
La olla popular tiene una fuerte simbología. En ella manyaron los inmigrantes que habitaron los conventillos de La Boca y San Telmo. Seguramente, en sus breves raciones sobre tablones largos y caballetes, se forjaron los primeros esbozos de la huelga de inquilinos de 1907.
En esas ollas también comieron los migrantes internos de la Villa Desocupación de Retiro. Aquellxs ciudadanxs provincianxs comenzaron a poblar los suburbios pobres que dejó la fiesta de la elite agroexportadora y pro inglesa de los años ´30. Sin esas experiencias asociativas no hubieran podido sobrevivir.

Más tarde…
Con el tiempo, y viendo que la pobreza no se iba a terminar en el corto plazo, las ollas populares se fueron organizando. De la iniciativa aislada y voluntarista, se pasó a niveles levemente superiores de organización. Primero fueron las sociedades de fomento del conurbano bonaerense que realizaban sus peñas a beneficio de la instalación de la luz o el agua potable. Luego fue el turno de los sindicatos obreros que cumplían con el verdadero valor de la palabra compañero.
Más tarde, las ollas populares tomaron la forma de peñas y devinieron en clubes barriales, cooperadoras y organizaciones territoriales. Estas realizaban kermeses familiares, choripanes o rifas y fueron el motor del encuentro entre vecinos.
En fin, las ollas populares germinaron como espacios de organizaciones social, donde la población de bajos recursos, y a veces no tan bajos, se encontraban a socializar, charlar o resolver sus problemas más urgentes. Fueron verdaderos lugares de construcción solidaria.  
Esta experiencia se repitió una y otra vez en la historia de nuestro pueblo golpeado. A veces era el alimento, otras veces los servicios públicos, y más tarde las reivindicaciones políticas.

La reacción
Así fue durante décadas hasta que la última dictadura militar mutiló la organización obrera y popular. A fuerza 30 mil detenidos-desaparecidos y centros clandestinos de detención y tortura, mandaron a la gente a sus casas e impusieron un modelo económico que trajo consecuencias devastadoras para lxs trabajadorxs y el pueblo. Sin alimentos, sin servicios básicos y sin libertad, desarticularon desde las organizaciones obreras combativas hasta la más mínima iniciativa vecinal. Solo quedaron las asociaciones empresariales.  
La bronca popular asomó tímidamente hacia finales de la década del ´70 para realizar las primeras ollas populares exigiendo Paz, Pan y Trabajo en San Cayetano. También se encontraron en los vecinazos del conurbano sur de la Provincia de Buenos Aires para protestar contra los aumentos de las tasas municipales.[2]
Estas protestas fueron las primeras expresiones contra las consecuencias de las políticas económicas y represivas de la dictadura que dejaron un pueblo diezmado y desorganizado. Así, a pesar del miedo, empezaron las primeras reacciones que volvieron a tomar el hilo conductor de la resistencia.

Los ´80
De esta manera, en los primeros años de la recuperación democrática, surgieron las ocupaciones de tierra y la organización territorial. Se comenzó a recuperar la memoria y la lucha por una vida más digna y la olla volvió a tener protagonismo. Alrededor de ellas se forjaba una nueva forma de organización. Pero, sin dudas, fue a fines de los ´80 cuando hizo su aparición más notoria.
La hiperinflación de Alfonsín se mezclaba con un fuerte aumento de la desocupación y la pobreza. La inflación durante 1989 fue del 5000% anual y los productos alimenticios desaparecían de las góndolas de los mercados.
Frente a esta desesperación, la autoorganización popular, esa que destruyó la dictadura, comenzaba a crecer desde abajo, como el fuego de la olla.
Ante la falta de organizaciones sociales y políticas que pudieran canalizar y organizar las demandas populares; frente al egoísmo que dejó instalado la dictadura con el “no te metas”; frente a un gobierno radical que no tuvo la necesaria actitud política de enfrentarse a los mercados internos y externos; frente a una alternativa justicialista que ya soñaba con aplicar (como lo hizo posteriormente) modelos neoliberales; se inició una novedosa y terrible experiencia de supervivencia: los saqueos.
Estos hechos fueron una salida rápida, individual y bastante peligrosa (hubo 14 muertos durante las jornadas de mayo y junio de 1989), pero muy pronto se convirtieron, nuevamente, en ollas populares. Lo conseguido se aportaba a esas ollas que comenzaban a realizarse en capillas, plazas o sociedades de fomento.[3] A pesar de las mentiras de los medios de comunicación, que llamaban delincuentes a los saqueadores, muchos de esos alimentos fueron los primeros aportes a la nueva versión de las ollas. Desde la pobreza y la miseria, muchos años después, se comenzaba a reconstruir las redes solidarias que los grandes grupos económicos y sus lacayos destruyeron a través del terrorismo de Estado.

Y hoy…
Las ollas populares acompañan al pueblo pobre desde hace décadas. Son parte de su vida. Con el tiempo y la organización, las ollas se transformaron en comedores populares. Se multiplicaron por todo el país durante la década infame neoliberal y hoy son millones de argentinxs que comen en esos lugares diariamente. Transformar una olla en un comedor popular es un fenómeno que tiene que ver con lo que se denomina la pobreza estructural. Lejos de terminar con la pobreza, las políticas económicas de las últimas décadas, aumentan sus niveles.
En diciembre del 2001 los comedores estallaron nuevamente de gente. Y mientras algunxs ya comían en comedores, otras alertaron con sus cacerolas vacías en plazas y esquinas. Juntos pidieron que se vayan todos.
Como una reacción espontánea se organizaron ollas populares en las calles y plazas. Los piquetes se juntaron con las asambleas barriales. A los pobres que dejaron las anteriores crisis se le sumaron las víctimas del neoliberalismo privatizador.  El 2001/2 se encontró así a una nueva generación que fue aprendiendo los valores de la solidaridad que otrxs memoriosos venían practicando desde hacía décadas. Los ejemplos solidarios de Darío y Maxi se multiplicaron a lo largo y ancho del país.

Hoy, miles de ciudadanxs revuelven esas ollas grandes y desgastadas. Cada crisis económica suma una larga lista de personas de carne y hueso que van quedando en la miseria y ya no vuelven a comer en sus casas. Son miles que se van quedando afuera del sistema, aunque lo sostienen con su informalidad y exclusión permanente. Lejos de las estadísticas, los movimientos sociales hacen una tarea para esos nadies. Aquellos que, como decía Galeano “cuestan menos que la bala que los mata”[4]. 
Ahora los alimentos los ponen los gobiernos para que no se repita la rebelión del 2001. De esta manera, no resuelven el problema económico, institucionalizan la pobreza mediante el reparto de comida. Hay millones de familias que nunca se juntan a cenar alrededor de una mesa. Millones de personas que no pueden juntarse a charlar de sus asuntos.
Mientras los medios de comunicación lo denominan gasto público y gritan desde las tribunas que hay que reducir el gasto para pagar la deuda externa.

Pero hay más
Cuando usted lea esto, piense que, en algún lugar del país, hay un ciudadano prendiendo la garrafa y parando la olla. Algunxs están cortando el tomate y la cebolla. Otrxs, entre mate y mate, ponen el tablón sobre los caballetes.
Los niños terminarán la copa de leche y empezarán las clases de apoyo de matemática o lengua. Más tarde vendrán los ciudadanxs a recibir su siempre escasa porción de guiso de arroz, el pedacito de pan duro de la mañana y, tal vez, alguna fruta.
Al final, muchos de ellxs se quedarán limpiando el lugar para dejar todo en condiciones para volver a empezar al día siguiente. Y así, en conjunto y en comedores populares, practican la solidaridad e intentan resolver el problema de la alimentación; mientras los ricos, individualmente, en costosos restaurantes que tiran la comida, multiplican sus ganancias.
No lo duden, las palabras grabadas sobre el cuerpo de la compañera Corina de Bonis en Moreno, nos marcó a todxs. Lejos de hacernos retroceder, nos hace más fuertes y solidarixs.
Conocemos muy bien el accionar de esos esbirros. Esos lúmpenes son los mismos que reprimieron con la ley de residencia a los conventilleros. Los mismos que pasaron con la topadora miles de veces por la villa de Retiro. Los mismos que vinieron con los caballos al frigorífico Lisandro de la Torre. Los mismos que fichaban en los centros clandestinos para torturar a lxs compañerxs. Los mismos que cumplen todas las órdenes de quienes se llenaron de plata en cuanta devaluación y corrida de la moneda produjeron. Esos que, a veces, se los llama “mano de obra desocupada” y, parece, volvieron a estar disponibles esperando las órdenes de los poderosos en la AFI.
En definitiva, sabemos quiénes son los que nos empujan a esta situación. Sus riquezas significan nuestra pobreza. Su opulencia es la antítesis de nuestras ollas. La tortilla tarde o temprano se dará vuelta.
Y sepan que a esos que mantienen el hilo conductor de los represores de siempre, nosotrxs les oponemos nuestra práctica solidaria. A sus comisarios Falcón les oponemos nuestros Radowitsky. A sus López Rega les oponemos nuestros Toscos. A sus clérigos cómplices les oponemos nuestros Mujicas. A sus Etchecolatz les oponemos nuestros Julio López. A sus Bullrich les oponemos nuestros Maldonados.  
Mientras ellos manejan punzones o picanas que matan, nosotros manejamos cucharones que alimentan y dan vida.



[2] Para más información ver: González Bombal, Inés. Los Vecinazos. Los vecinazos: las protestas barriales en el Gran Buenos Aires, 1982-83 IDES.
[3] Para más información ver: Neufeld, María Rosa y Cravino, María Cristina “Los saqueos y las ollas populares de 1989 en el Gran Buenos Aires. Pasado y presente de una experiencia formativa”.


[4] Poema Los Nadies de Eduardo Galeano. Visto en: http://www.losnadies.com/poem.html


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